jueves, 13 de septiembre de 2007

Ver

Estas páginas representan un esfuerzo por ver y hacer ver lo que es y exige el Hombre si se le coloca, enteramente y hasta el fin, dentro del cuadro de las apariencias.
¿Por qué tratar de ver? ¿Y por qué dirigir de una ma­nera especial nuestra mirada hacia el objeto humano?
Ver. Se podría decir que toda la Vida consiste en esto, si no como finalidad, por lo menos sí esencialmente. Ser más es unirse más y más: éstos serán el resumen y la conclusión misma de esta obra. Sin embargo, lo comproba­remos más aún: la unidad no se engrandece más que sus­tentada por un acrecentamiento de conciencia; es decir, de visión. He aquí por qué, sin lugar a dudas, la historia del Mundo viviente consiste en la elaboración de unos ojos cada vez más perfectos en el seno de un Cosmos, en el cual es posible discernir cada vez con más claridad. La perfección de un animal, la supremacía del ser pensante, ¿no se miden por la penetración y por el poder sintético de su mirada? Tratar de ver más y mejor no es, pues, una fantasía, una curiosidad, un lujo. Ver o perecer. Tal es la situación im­puesta por el don misterioso de la existencia a todo cuanto constituye un elemento del Universo. Y tal es consecuente­mente, y a una escala superior, la condición humana.
Pero si de verdad resulta tan vital y beatificante el conocer, ¿por qué, una vez más, dirigir con preferencia nuestra atención hacia el Hombre? ¿No está ya suficiente­mente estudiado el Hombre, y no es suficientemente eno­joso hacerlo? ¿Y no es precisamente uno de los atractivos de la Ciencia el de desviar y hacer descansar nuestra mirada sobre un objetó que, por fin, no sea nosotros mismos?
Bajo un doble aspecto, que le convierte doblemente en el centro del Mundo, el Hombre se impone a nuestro esfuerzo por ver como clave del Universo.
En primer lugar, y de una manera subjetiva, resultamos ser inevitablemente centro de perspectiva en relación con nosotros mismos. Fue seguramente una candidez, quizá necesaria, de la Ciencia naciente el de imaginarse que podría observar los fenómenos en sí mismos, tal como se desarro­llarían fuera de nosotros mismos. Instintivamente, los físicos y los naturalistas operaron al principio como si su mirada cayera desde lo alto sobre un Mundo en el que su concien­cia pudiera penetrar sin experimentarlo en sí mismos, sin modificarlo con su propia observación. Hoy empiezan a darse cuenta de que sus observaciones, aun las más objeti­vas, están todas ellas impregnadas de convenciones apriorís­ticas, así como de formas o de costumbres de pensar desarro­lladas a lo largo del proceso histórico de la Investigación. Llegados al extremo de sus análisis, ya no están muy segu­ros de si la estructura conseguida es la esencia misma de la Materia que estudian o el reflejo de su propio pensamiento. Y de una manera simultánea se dan cuenta de que, por un choque retroactivo de sus descubrimientos, ellos mismos se hallan cogidos en cuerpo y alma en la red de las relaciones que habían creído lanzar desde el exterior sobre las cosas; en una palabra: se hallan presos en su propia trampa. Me­tamorfismo y endomorfismo, diría un geólogo. El objeto y el sujeto se mezclan y se transforman mutuamente en el acto del conocimiento. Quiéralo o no, desde ese momento el Hom­bre vuelve a encontrarse a sí mismo y se contempla en todo, lo que observa.
He aquí una verdadera servidumbre, la cual, no obstan­te, está inmediatamente compensada por una grandeza cierta y única.
Resulta simplemente banal, e incluso enojoso, para un observador el transportar consigo mismo, vaya donde vaya, el centro del paisaje que atraviesa. Pero ¿que es lo que le sucede al paseante si las circunstancias le llevan hacia un punto naturalmente privilegiado (encrucijada de caminos o de valles), desde el cual no ya sólo la mirada, sino las mismas cosas irradian? Es entonces cuando, al coincidir el punto de vista subjetivo con una distribución objetiva de las cosas, se establece la percepción en toda su plenitud. El paisaje se descifra y se ilumina. Se ve.
Este parece ser precisamente el privilegio del conoci­miento humano.
(Teilhard de Chardin. El Fenómeno Humano)

2 comentarios:

  1. Gonzalo, otra cita excelente, gracias. Voy a preguntar por el libro y ver si me lo pueden conseguir.


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    Saludos.

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  2. Vuelvo una y otra vez a Teilhard... he recibido mucho de él.

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