viernes, 5 de enero de 2007

Una introducción al Yoga 2

La ley del karman
El universo entero, todo lo existente ( y esto de "lo existente” no es susceptible de una definición adecuada, dado que lo percibimos filtrado por nuestra ilusión) forma una red de cau­salidades mutuas, que encadenan un hecho a otro hecho, una vida a otra, un pensamiento a otro pensamiento, un mundo a otro mundo; es "samsara”; la rueda de las existencias. Éstas se causan mutuamen­te en un proceso sin fin, según el cual, de la existencia de esto, eso viene a ser; del acontecimiento de esto, eso acontece. De la no existencia de esto, eso no viene a ser; del no acontecimiento de esto, eso no acontece.
Toda causación se produce, así, por una acción-influjo, dándose un orden, una secuencia causal. Todas las cosas, en la plenitud de su devenir, se transforman en otras cuando sus posibilidades particulares se han agotado. La idea básica del samsara es, así, la de impermanencia, tema central de meditación del hindú y también del budista.
En esta perspectiva, microcosmos humano y macrocosmos son correspondientes; la concepción del universo que aquí se genera no es lineal, ni curva plana, ni siquiera esférica, sino que debe buscarse una imagen tetradimensional en la que los diferentes universos que se corresponden, en todos los niveles, se implican unos a otros hasta otros tiempos y otros espacios.
A esta perspectiva de universos infinitamente múltiples, en la que lo físico y lo psíquico y lo espiritual no poseen fronteras infranqueables, debe agregarse la de una trama, la de una interrelación causal cuya significación en términos de libertad humana, como en occidente hemos concebido tradicionalmente esta libertad, puede ser discutida, pero que es conveniente tener en cuenta si se desea entender la ley hindú del karman. La existencia es flujo cósmico, samsara; la participación de cada ser en este fluir está dada por su karman, acción y reacción concordantes. No somos tú ni yo seres naci­dos en un momento determinado y que, dejados a nuestro propio afán, describimos una curva individual en la vida, hasta llegar a un ocaso en la muerte. Tenemos un antes y un después y un "junto con”. Es la existencia toda cuyo devenir pasa por ti y por mí. Nuestra rela­ción con los demás y con el cosmos no es voluntaria ni accidental: es ontológica, propia de nuestro ser, inevitable.
El reconocer esta realidad, reconocer la existencia de nuestro karman, es una primera condición para un actuar adecuado.
Si la meta de la sabiduría es la superación del karman por la supera­ción de la ignorancia metafísica (avidya) que engendra, es necesario que ese karman sea reconocido, aceptado y superado. No es otra la me­ta del yoga. A través de una práctica ascética acerca de la cual re­flexionaremos más adelante, el hombre puede llegar a liberarse, a su­perar la ilusión, a colocarse como espectador de ella, afianzándose en la realidad de un estado sin yo-ilusión, en el que el ser se hace uno con el Yo, con Brahman, con el Absoluto.
En el análisis del karman, diferentes escuelas plantean esquemas distintos, estableciéndose categorías de seres, y llegándo­se hasta la traducción social de esta doctrina en un sistema de cas­tas. Ello no es motivo de nuestra reflexión ahora. Lo que sí vale la pena de ser recogido, a mi entender, es lo siguiente:
El universo no nos es ajeno; el cosmos no es una rea­lidad paralela a nosotros; nuestro interior, nuestro destino, nues­tro actuar, nuestra vocación, nuestra vida social, nuestro trabajo, no son realidades estancas entre sí ni estancas con respecto de las mismas realidades de los otros ni con respecto de lo que, a veces con demasiada ligereza llamamos " las otras cosas". Estamos existencialmente ligados con lo que nos rodea; y eso de "lo que nos rodea" va mucho más allá de lo perceptible y mucho más allá que lo que habi­tualmente aceptamos como “la realidad". Hay mucho de desconocido y de no percibido dentro de nosotros mismos, en nuestro medio físi­co, en nuestro medio espiritual, en un cosmos que a veces solo to­camos en sus manifestaciones mas externas: un bonito cielo estrella­do, la energía eléctrica, un agua que corre, un pensamiento que nos llega y nos sorprende.
No solamente pertenencia a un universo o a un sinfín de universos, sino que interdependencia entre tales universos, incluidos nosotros. Aquí, nuevamente, la gama de estas interdependencias supera en mucho a aquéllas que solemos estar dispuestos a aceptar por evidentes o por ser "científicas": las que ejerce sobre nosotros el medio social, la herencia biológica, la cultura. Influimos y somos influidos. Nuestras acciones generan re-acciones que, al igual que círculos concéntricos, llegan hasta los confines del universo. La trama del universo no es otra que el infinito cruzarse de estos cír­culos. Pero aun más: no se trata solo de una trama universal en la cual participamos. Colocados en la flecha de la evolución del cosmos, el hombre es punto de convergencia de esa trama. Las relaciones que unen los universos pasan por ti y por mí, y en ti y en mí adquieren sentido; la hominización es el sentido de la evolución, expresión del "interior de las cosas", punto focal de un cosmos en camino hacia su plenitud, su "pleroma", punto Omega de la realidad.

1 comentario:

  1. Me imprimo la serie para leerlo con calma y meditar este fin de semana.

    Muchas gracias.

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